PODER DE LAS ACCIONES MÁS PEQUEÑAS

PODER DE LAS ACCIONES MÁS PEQUEÑAS

“SEGURO SERÁ UN TONTO MÁS”

de: Rogelio Soto Pasco

Cuando estudiaba en la secundaria, solía ser un chico nada fuera de lo común. Tenía amigos, salía los fines de semana a jugar un partido de fútbol, a ciertas fiestas o simplemente a reuniones amicales.

Un día, al salir de clases, observé que un compañero llevaba en sus brazos todos sus libros. “¿Quién se pone a estudiar el fin de semana si no hay exámenes? Me pregunte. ¡Que tonto!”, dije en mis adentros. Proseguí mi camino, pero de pronto escuche un ruido que me hizo voltear hacia atrás. Era Erick, así se llamaba. Estaba en el suelo con sus libros desparramados. El muchacho que le había puesto el pie para que se caiga se reía de su “hazaña” con todo un grupo de estudiantes.

Sus gafas habían volado a gran distancia y todo el grupo se marchaba riendo mientras observaban como Erick gateaba buscándolas. Me acerqué corriendo hacia él con cierto asombro. Observé sus ojos vidriosos a punto de derramar lágrimas y todo su rostro que parecía encerrar una gran tristeza.

Le alcancé sus gafas y le dije: “Esos tipos son unos estúpidos. Creen que esto es divertido”. Alzó su mirada y cambió rápidamente de expresión. Ahora sonreía: “Gracias. Me llamo Erick”. Pude darme cuenta que realmente se sentía muy agradecido. “Erick, sí, te he visto en la clase, aunque muy poco, yo me siento al último”, dije mientras le ayudaba a recoger sus libros.

Le pregunté dónde viví. Me di con la sorpresa de que era muy cerca de mi casa. No lo había visto antes porque se había mudado hace poco para estudiar en la escuela pública. Él provenía de un colegio privado. Caminamos con dirección a nuestras casas. Le ayudé con la mitad de sus libros.

Parecía agradable. Le pregunté si deseaba reunirse el sábado conmigo y mis amigos para jugar fútbol. Quedamos en reunirnos. El domingo también la pasamos juntos. Tanto mis amigos como yo sentíamos que mientas más rato pasábamos con Erick, más nos caía bien.

El lunes observé que Erick traía la enorme fila de libros que había llevado el viernes. Caminé a su costado y le dije: “Si trasladas esos libros con más frecuencia, desarrollarás tu musculatura”. Sonrió y me dio la mitad para que le ayude.

Con el tiempo nos volvimos los mejores amigos. Pasaron los cuatro años restantes para terminar la secundaria y cada uno ya expresaba sus tendencias profesionales. Erick había decidido estudiar medicina en la Universidad Georgetown y yo administración en la Universidad de Duke gracias a una beca de fútbol. Yo le decía riendo que era un nerd y él me miraba con una sonrisa esplendorosa. Ya éramos unos jóvenes.

Erick había sido elegido para dar un discurso en el estrado en nombre de toda la promoción. El día de nuestra ceremonia de graduación llegó todos habían llegado con sus familias. Yo me sentía aliviado de no ser quien tenía que hablar. Erick llegó impecable y listo para hablar ante el público. Realmente se veía muy bien con su traje, sus anteojos y esa sonrisa de seguridad. Era una de esas personas que se encuentran a sí mismas. Sabía lo que quería hacer, adónde llegar y cómo hacerlo. Había crecido alto y fuerte. Las chicas decían que era apuesto y también lo adoraban por su forma de ser. ¡A veces hasta me sentía celoso! Y aquel día me sentía así.

Poco antes de salir a dar el discurso pude notar en Erick cierto nerviosismo, entonces le di un golpecito en el hombro: “Todo irá bien amigo, ya verás; lo harás muy bien como siempre”. Me miró con los ojos brillantes de alegría. Pude recordar aquella primera vez en que me miró a los ojos, pues la suya fue una mirada de agradecimiento. Me sonrió: “Gracias”. Y subió al estrado. En su discurso dijo estas palabras:

Hay muchas personas que nos han ayudado en el transcurso de estos años, dándonos la posibilidad de graduarnos. Hoy somos diferentes gracias a nosotros mismos y gracias a muchas personas: a nuestros padres, a nuestros maestros, a nuestros hermanos, tal vez a algún entrenador… pero teniendo en cuenta nuestra edad y las emociones adolescentes, a nuestros amigos. Hoy estoy aquí para decirles a cada uno de ustedes que el mejor regalo que podemos dar y recibir es la amistad. Y tengo una historia que contar.

Cuando Erick empezó a relatar la historia yo me quedé impresionado. No podía creer lo que escuchaba. Erick contó la forma en que nos conocimos. Pude al fin entender por qué cargaba tantos libros. Ese fin de semana tenía planeado quitarse la vida, por eso limpió su armario y decidió trasladar todos sus pertenencias para que sus padres no tengan que venir a recoger nada luego de la noticia. Me miraba con los ojos brillantes y una gran sonrisa. Prosiguió diciendo: “Pero ocurrió algo, fui salvado por mi amigo. Con su amistad empecé a ver la alegría de la vida y decidí que vivir era fantástico”.

Aún no podía dejar de sentirme asombrado mientas seguía observando a ese apuesto y ahora popular joven contar esos momentos terribles cuando se sintió caer. Sus padres me sonreían con una sonrisa de profundo agradecimiento.
Y entendí el verdadero mensaje:

    “Jamás creas que tus acciones – por más pequeñas que parezcan – no pueden cambiar el mundo, porque un pequeño gesto, una simple ayuda, puede transformar la vida de una persona, ya sea para bien o para mal”.

* Texto extraído del libro TESOROS PARA EL ALMA de ROGELIO SOTO PASCO.

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