EL PROPÓSITO DE UN PEZ

EL PROPÓSITO DE UN PEZ

Érase una vez un pequeño pez de color naranja y negro que vivía en las aguas del río Amazonas y por infortunio del destino cayó en las redes de los comerciantes de peces ornamentales. El pobrecillo cruzó la cordillera hasta llegar a Lima. Una vez en esta enorme ciudad, lo pusieron en una abigarrada pecera junto a otros que corrieron la misma suerte.

Ahora eran parte de la mercancía lista para vender.

Después de una semana, una familia se acercó a la tienda y vieron al bello pececito y se lo llevaron a casa, le nombraron Charlie y le pusieron en una enorme pecera donde había muchos otros peces de varios colores y tamaños. Algunos eran amigables y otros se comían a los más pequeños, pues así era su ley…

Charlie pasó una gran temporada huyendo de los depredadores hasta que hubo un tiempo en que él se volvió uno de ellos. Cuando había alcanzado los ocho centímetros, ya no había nadie más que él en la pecera, había acabado con todos, hasta con las plantas acuáticas.

Un día, la familia decidió que debían mudarse de casa, pero no podían llevar al pez con ellos, entonces lo dejaron en la casa de su vecino. Esta nueva familia compró una pecera a la medida de Charlie y por su historial de depredador lo criaban solo, aunque a veces probaban acompañarlo con caracoles, pero ninguno podía sobrevivir más de una semana…

Al parecer Charlie era feliz estando solo, nadie perturbaba su habitad, y se sentía tranquilo, pero repentinamente, una noche, la familia empezó a escuchar extraños golpes que venían de donde estaba el animalito.

Esos golpes se repetían todas las noches.

Después de muchos días, se dieron cuenta de que el pez hacía caer, desde lo más alto, las piedras que decoraban la pecera. Según ellos, Charlie era muy juguetón y por eso hacía lo que hacía.

Sin embargo, otra cosa pasaba por la mente del pececillo.

Una noche, mejor dicho una madrugada, el pequeño gran pez se vio en una situación trágica. Era como las 3 de la mañana y se oía como si alguien se estuviera bañando. Alguien salió a ver qué sucedía. No había nadie en la ducha. Pero al caminar por la sala sintió agua en los pies y al prender la luz, vio que toda la casa estaba inundada. Más allá se escuchaba el aleteo moribundo de Charlie, no quedaba ninguna pizca de agua que lo cobijara. ¡De inmediato, traigan agua! Y todos los miembros de la familia salieron de su habitación. Instalaron al agónico animal en una tina con agua y logró recuperase. Esa noche nadie durmió pues tuvieron que recoger el agua derramada.

A la mañana siguiente, investigaron la pecera ya que lucía intacta, pero al verla de cerca tenía una rajadura en la parte inferior central. El pez quería su libertad, pues habría ocasionado, poco a poco, noche a noche, con cada golpe que daba con cada piedra, que el vidrio se fisurara, de tal modo era una manera de lograr escapar de esa prisión, era un camino para su liberación. Sin embargo, el resultado fue nefasto, pues su principal elemento no se encontraba más allá de donde vivía. No pudo ir a ningún lado y su plan quedó frustrado.

La familia pensó que era mejor ponerle en una cubeta de plástico, así nunca más lo rompería.

Ha pasado un mes de aquel suceso fatídico, pero al parecer Charlie aún tiene otro plan en mente, ahora las piedras ya no caen de lo más altos sino éstas aparecen a un lado, amontonadas como una montaña, como queriendo construir algo… ¿qué pasará ahora?, aun nadie lo sabe…

pez

Escrito por Deysi Elma Nuñez Meza

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